Las crónicas de Pandora

Capítulo 42

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            Abby despertó en una celda de madera tambaleante que era arrastrada por el desierto con unas ruedas que chirriaban a cada giro amenazando romperse en todos los baches, que eran continuos. Por entre los tablones vio el trasero voluminoso y lleno de polvo de un animal de carga que no pudo identificar. Por su tamaño podía ser un caballo, pero era más bajo y más grueso y tenía orejas largas que le caían a los lados. En el interior, junto a ella, vio a dos soldados más. No estaba Alfonso entre ellos lo que era buena señal ya que ninguno respiraba. No necesitó tocarlos para saberlo, uno tenía la cara aplastada, probablemente por un mazazo y al otro le faltaba la cabeza. La sangre tampoco, debieron cargarlos cuando ya llevaban un rato desangrados, lo que la hizo suponer que también a ella la dieron por muerta. La madera estaba negra por la parte interior y olía a sustancia pútrida, fermentada y secada en el calor del desierto.

            Le dolía mucho la cabeza y se pasó la mano por la frente porque tenía un dolor punzante. Al tocarse notó entumecido el lado izquierdo.

            -No hay duda, me han dado por muerta -dedujo, al palpar el feo corte de la frente que se adentraba en el cuero cabelludo. La brecha había sangrado tanto que su pelo y su cara debían ser irreconocibles. Se preguntó cuánto tiempo llevaba inconsciente y si Alfonso seguiría vivo.

            -¿Quién habla? -Escuchó gruñir al que conducía el carromato. Al girarse vio que tenía morro de cerdo y lleno de pelos gruesos porcinos.

            «Es un goblin» -Pensó-.«Los describieron como humanoides con aspecto de cerdo. Yo me los imaginaba gordos y torpes pero estos son duros de pelar».

            Quería responderle para ver su cara mejor, nunca había visto de frente a uno de esos seres sin la tela que exhibieron en el ataque. Pero si estaba en lo cierto, no contaban con que estaría viva y sería un error muy grave sacarlo de su equivocación antes de tiempo. Así que evitó hacer ruido, escudada por la oscuridad reinante dentro del carro.

            Más adelante iba otro carromato quejumbroso que se detuvo. El suyo también lo hizo justo al lado, trató de ver si Alfonso estaba en el otro. ¿Los habrían capturado a todos? Agradeció que el carromato tuviera paredes de tablas planas porque eso la protegía de ser vista desde fuera y ella podía ver lo que quisiera, asomada a las gruesas rendijas de las tablas.

            Los carromatos se detuvieron y al hacerlo pudo ver que eran dos, uno había llegado antes y ya estaban descargándolo.

            Un enorme humanoide con hocico de cerdo, fornido y más alto que una persona normal se metió en otro carromato y se fijó en sus manos. Toscas con dos enormes dedos y un pulgar, ¿eran pezuñas evolucionadas? Sus uñas negras lo confirmaban. Vestía armadura hechas de ramas sujetas por tiras de cuero y no llevaban prendas en la parte inferior del cuerpo, de cadera para abajo.

            «Una armadura fácil de hacer y tremendamente efectiva contra espadas…, salvo que ataques de frente. Lo que podría dejar vendidos a los que lo intenten dado que su especialidad es el mazo. No son tan idiotas como la gente de este mundo cree.»

            Sus piernas eran gruesas y velludas, tanto que ocultaba por completo sus partes íntimas por su espesura y longitud. Abajo, sus pezuñas terminaban en botas de piel blanda y blanquecina, tirando a gris que no eran humanas, su pie era como pusieran una funda a un bastón grueso del que sobresalían las pezuñas.

            Sin apenas esfuerzo arrastró un cuerpo de aquella celda hasta una mesa de piedra ensangrentada, sin el menor cuidado.

            -Este es muy flaco, se lo daremos a los perros -gruñó con voz gorgoteante y grave. Su idioma era como un gruñido de cerdo pero ella lo entendía porque el hechizo que les aplicó la hechicera seguía activo. ¿Hasta cuándo? Se preguntó. Quizás cuando volviera a su línea temporal, a su casa, sería capaz de entender cualquier idioma, incluso a los animales.

            Cuando levantó el cuerpo y lo puso sobre la piedra distinguió claramente el escudo de la armadura.

            -Al… -se tuvo que tapar la boca, porque estuvo a punto de delatarse.

            Estaba decapitado y la armadura estaba demasiado ensangrentada y abollada, pero era la de Alfonso. El pobre debió causarles problemas y se ensañaron con él cuando al fin lo abatieron. Logró contener un gemido de dolor, las lágrimas brotaron por sus mejillas y se instó a sí misma a contenerlas para evitar que escuchara ruido alguno.

            Tenía que escapar de allí. Si descubrían que aún respiraba sería fatal.

            El puerco que lo examinaba levantó un hacha de piedra que debía pesar veinte kilos y le cortó un brazo de un solo tajo, luego el otro. Después las piernas y le quitó las piezas de la armadura como quien pela un pescado. El cuerpo ya no sangraba.

            Abby estaba temblando, si hubiera comido algo en las últimas horas lo habría vomitado. Después de todo, su pesadilla de Alfonso se había cumplido. Al final terminó decapitado aunque las circunstancias eran distintas.

            -Espero que el resto tenga más sustancia -protestó el carnicero-. Enclencle humano, no tenía un gramo de grasa.

            Mientras gruñía y limpiaba el cuerpo de prendas humanas, apareció otro que terminó de vaciar el carromato con los otros tres cuerpos que quedaban.

            Abby, sin embargo, no pudo apartar la mirada del hombre que maltrataba impunemente el cuerpo sin vida de Alfonso. Al que había estado tratando como una pieza despiezada en una carnicería.

            Tuvo que apartar la mirada cuando el puerco humanoide clavó su machete en su abdomen y empezó a extraer sus intestinos y se los echaba a un enorme perrazo casi tan grande y corpulento que un pony. El animal lo agradeció devorándolos sin masticar, moviendo alegremente la peluda cola.

            Cada pedazo de Alfonso lo metió en un cesto lleno de trozos de personas.

            Se fijó que en aquella suerte de cueva había cuerdas de las colgaban en ganchos multitud de brazos, piernas, torsos humanos y de otros animales.

            Entonces vio que el otro goblin se aproximaba a su celda. No parecía prevenido de que 0 haber supervivientes porque no llevaba armas en las manos. Esa sería su oportunidad de escapar. Se tumbó de manera que pudiera levantarse rápido en cuanto tuviera las abiertas las puertas.

            Escuchó las pisadas por detrás, No había rendijas en la puerta, no podía ver al goblin, estaba hecha de tablones sin ventanuco. El tintineo de la llave con el candado la preparó, cerró los ojos. Encogió las piernas y preparó el ataque.

            «Tengo que vivir, usaré la nave para viajar en el tiempo y salvaré al otro Alfonso» -Pensaba.

            El cerdo la agarró de la pierna y tiró de ella con inusitada fuerza. La sacó fuera con el mismo desdén que al resto de cadáveres. Cayó con la nuca en el barro, la cabeza le dolió espantosamente por su herida de la frente, y soltó un gemido involuntario.

            -¿Dónde puse el martillo? Este aún respira -escuchó que gruñía el puerco.

            No le dejó rematarla, cuando se volvió para coger su arma Abby le dio una patada en la boca. El puerco se tambaleó y cayó de culo, pero no tardó en volver a levantarse. Luego Abby se vio obligada a retroceder pues no tenía su espada, que se le había caído en el carromato. Corrió a recogerla pero no la vio dentro, al volverse vio que el goblin ya tenía su martillo en la mano y la miraba con una asquerosa sonrisa en la boca de cerdo.

            En lugar de enfrentarse a él, sabiendo que en cualquier momento podrían venir en su ayuda, decidió que lo más prudente sería correr. Ella era más rápida que esos seres. Salió de la gruta y se alejó a grandes zancadas por la arena del desierto hacia las montañas nevadas, que se adivinaban más altas y cercanas que nunca.

            Escuchó que los goblins se chillaban entre ellos pero al volver la mirada atrás vio que ninguno la siguió y pudo aflojar la carrera. Sin embargo lo que vio desde la altura de la duna en la que estaba subida, quedó horrorizada. La montaña de la gruta colindaba con a una llanura repleta de hogueras y casuchas de troncos y ramas, atados con cuerdas con estructura triangular, ¿era una ciudad goblin? En la gruta solo vio a tres, los que acabaron con los veinte soldados y con Alfonso, eran los únicos goblins fornidos y ataviados con armaduras. Los demás hacían fila cerca de los carromatos, gordos y fofos en su inmensa mayoría. Comprendió que no colgaban los trozos en aquella cuerda para intimidar a los intrusos. Pagaban con monedas tintineantes y luego se llevaban un pedazo ensartado.

            El que la liberó seguía mirando hacia ella. Le gritó con graznidos a otro, al que le dio unas monedas.

            -¿Por esa? -chilló-¡Está en los huesos! Corre tú si tanto te interesa. Por ese mondadientes no te darán ni diez jaspes -protestó, devolviéndole las monedas.

            -¡Quiero ese trozo! -clamaba otro goblin-. Es suculento, que buena pinta.

            -Este cuesta treinta monedas, es de caballo -respondió el que los despedazaba-. Lo tomas o lo dejas.

            -Solo tengo diez.

            -Pues toma -le dio un brazo de Alfonso.

            -¿Es una broma?

            -Es lo que te puedo dar por esa miseria, hermano.

            -¿No acabáis de ir de cacería? -Siguió protestando.

            -Solo dimos con humanos -protestó el carnicero-. No había enanos. Solo dos caballos y uno corrió demasiado. El otro ahí lo tienes, pero si quieres una parte toca apoquinar.

            ¿Uno escapó? Quizás hubo supervivientes. Allí, entre los muertos no vio ni rastro de Arnaldo. Y eran veinte soldados, allí solo vio a siete, y uno de ellos era Alfonso, de modo que aún quedaban catorce.

            Ya no pudo escuchar más por la distancia ya que no se detuvo.

            Después de correr un buen rato se giró y no vio que nadie la seguía. Además, sus huellas se borraban en segundos por la intensa brisa. Aliviada, dejó de correr y comenzó a caminar por la cresta de las dunas con la única idea de aproximarse a las montañas y alejarse de aquel campamento. Algunos picos eran tan altos que parecían parte del firmamento.

            Nadie la perseguía. ¿No temían que pudiera llevar una partida armada a su campamento? Cuando volvió a pensarlo se dio cuenta de que no sabría guiar a nadie. No había Sol, Luna ni estrellas, el cielo estaba gris por esa especie de tormenta de arena, aún medio activa en lo más alto que ocultaba incluso el Sol.

           

            A mediodía, las nubes de arena se disiparon y los resplandecientes y abrasadores rayos del astro rey comenzaron a pesarle.

            «¿Para qué sigo?» Se preguntó cuándo había caminado hasta el límite de sus fuerzas. Tenía la garganta tan seca como una tela de esparto y la herida de la frente doliendo más que nunca. «Esas malditas montañas no se acercan, moriré antes de llegar a ninguna parte.»

            Durante un instante tuvo una visión terrible sobre lo que debió suceder. Lo último que recordaba era que Alfonso la defendía de uno de esos goblins. Entonces todo se volvió negro. Él debió pensar lo mismo que sus enemigos, que la habían matado. Enloquecería y se enfrentó a ellos con intención de vengarse, pero como no se veía casi nada su espada golpearía sus armaduras hechas de palos y de un mazazo podrían haberle arrancado la cabeza de cuajo. Le temblaban las manos, el corazón amenazaba con detenerse con la mera imagen de su novio cayendo una y otra vez, en su imaginación, abatido por esas bestias.

            Sus pies se negaban a continuar. Para colmo su armadura estaba ardiendo y se vio tentada de quitarla. Pero un pensamiento rebelde se lo impidió.

            -Si me pillan, tendrán que pelarme.

            Pensó en las aventuras que habían tenido, el tiempo que dedicaron a complacer a ese rey de pacotilla solo por conseguir un ejército inútil que les ayudaría a llegar a las montañas, tan cercanas y a la vez tan lejanas. ¿Y todo para quedarse sola? Tenía sus serias dudas de que toda esa misión tuviera el menor sentido. Nunca debieron viajar en el tiempo. ¿Qué iban a conseguir? Y aunque regresara y arreglara la fisura que habían causado, ¿Para qué viajaron al pasado? Se marcharían con las manos vacías.

            Y lo que no podía quitarse de la cabeza era a Alfonso. ¿Querría volver a repetir su error con él? Si salvaba al que acababa de llegar a ese tiempo no sería consciente de lo que sucedió entre ellos. ¿Quería que lo supiera? Esa relación no tenía futuro.

            Si es que lograba cumplir sus objetivos, que ya estaba empezando a dudarlo.

            Durante varias horas siguió caminando. El Sol ya no abrasaba, pero las piernas apenas le respondían. Al menos las dunas fueron convirtiéndose en una llanura seca con cactus y pudo usar sus gordos troncos para extraer un agua que le devolvió algunas fuerzas. Descubrió que unas púas eran largas y afiladas, de modo que las arrancó por si tenía que defenderse con ellas. Sin embargo, necesitaba descansar y comer algo, su estómago rugía, protestaba por el agua amarga exprimida del tronco del cactus. Además, al acercarse la noche el calor fue transformándose en frío y, al desaparecer el Sol por el horizonte, comenzó a tiritar de frío.

            Se llevó las manos al cinturón y notó el bulto de la bolsa con la esmeralda que le dejó el maldito kender a cambio de todo su oro. Si encontraba una aldea o algún mercader tendría que cambiar ese pedrusco por un poco de comida o se moría de hambre. Si por azares de la vida volvía a ver a Greg, lo degollaría y se lo daría de comer a los goblins.

            Cuando ya solo veía estrellas en el cielo comenzó a escuchar aullidos lejanos.

            -Lo que faltaba… Lobos -protestó mientras aún masticaba la pulpa del cactus. Escupió las hebras de su boca con asco, su sabor era demasiado fuerte, pero su jugo le devolvió parte de sus fuerzas. Lo malo era que su estómago empezó a dolerle. Se preguntó si comer eso sería saludable. Daba igual, no tenía otra cosa.

            Apretó el ritmo, animada por un resplandor lejano. Temía que fuera otro poblado goblin.

            La esperanza de encontrar cobijo le dio las fuerzas necesarias para llegar al menos a ver de qué se trataba. El dolor de cabeza era cada vez más fuerte, al igual que el de la tripa.

            Si no moría de hambre, indigestión o sed, moriría por la infección que de la herida de su frente.

 

Continuará

Comentarios: 7
  • #7

    Vanessa (sábado, 25 noviembre 2023 19:40)

    Chemo nunca cambiará. :)

  • #6

    Chemo (sábado, 25 noviembre 2023 03:58)

    Yo voto porque Alfonso haya muerto. Jeje
    Bueno, reconsideraré mi voto si Vanessa me invita a cenar.

  • #5

    Tony (viernes, 24 noviembre 2023 07:58)

    Como seas la única que vota, vas a ganar por mayoría.
    No te preocupes, aún queda un Alfonso en la chistera.

  • #4

    Vanessa (jueves, 23 noviembre 2023 21:16)

    Yo voto porque regrese Alfonso. Me parece que era buena pareja con Abby.

  • #3

    Alfonso (martes, 21 noviembre 2023 03:21)

    Alfonso no puede estar muerto. Sobre todo porque dejaría sola a Abby. Resucitará y se convertirá en el héroe del continente. Ya lo veréis.

    Jajaja

    Esto me lo dictó mi esposa que ya se ha encariñado con la historia. Ya tienes un nuevo lector, Tony.

  • #2

    Jaime (lunes, 20 noviembre 2023 03:21)

    No había visto el relato de Halloween hasta ahora y ya he puesto mi acostumbrado comentario.
    Se me hizo bastante corta esta parte. Lo siento, Alfonso, pero creo que lo más probable es que Abby tampoco sobreviva. A menos que Tony nos tenga preparado un giro de tuerca como los que acostumbra.

  • #1

    Tony (lunes, 20 noviembre 2023 01:01)

    Siento el gran retraso. Supongo que en parte se debe a la triste acogida del relato de halloween de este año que no creo que lo haya leído nadie.
    Entiendo que no estuviera bien, y que la expectación ha decaído bastante, pero si las visitas de esta web siguen en picado... Terminaré por no publicar nada más.
    Así que si no quieres que pase eso, comenta.