Los últimos vigilantes

41ª parte

            La cafetería se llenó de transeúntes mientras él le contaba cuánto habían vivido juntos, la búsqueda de Génesis que les llevó a las islas Bermudas, la guerra contra los grises, los viajes en el tiempo donde vieron una tierra dominada por dragones, su reencuentro, su viaje al futuro para salvar a Charly, la intervención de Amy y Ángela, las del hilo temporal paralelo,... Incluso le habló de su aparición con ese poder indescriptible. Le contó lo de la confesión de amor que ella le hizo y que al besarse le mostró todo el viaje al Cretácico con su familia.

            —¿Te besé sin tu permiso? —Se extrañó ella.

            —No, claro que quería.

            —¡Mierda! ¿Has visto la hora que es? —se sorprendió Ángela al mirar el reloj de la pared del bar.

            —¿Quieres volver a casa ya?

            —Tienes una gran imaginación o un imán para las cosas más raras del mundo. Me encantaría seguir escuchándote, pero me quiero ir a casa. Necesito saber quien escribió esa nota.

            —Te llevo, espera que pague.

            —No —se negó con firmeza—.  Déjame dinero para el metro y te lo devolveré. También te daré lo del taxi, no tienes por qué pagarme nada.

            —¿Sabes volver? —Preguntó, preocupado.

            —Claro, vivo al lado del metro. No te preocupes, tenemos nuestros teléfonos, podemos encontrarnos cuando queramos.

            Antonio sacó su cartera y le dio un billete de diez euros.

            —No recuerdo el precio del viaje sencillo, hace más de quince años que no lo uso. Toma.

            —Gracias —Ángela cogió el billete de la mesa y se levantó. Mañana te pagaré.

            —No me gusta que vayas sola —la agarró de la mano Antonio y su contacto la sorprendió—, no creo que estuvieras casada, podría ser una trampa. Te pidan lo que te pidan, dale largas, probablemente es la persona que te ha robado los recuerdos y si es así, debe llevar una de las prendas de los pleyadianos. Obedecerás sin querer. Deberíamos buscar a Génesis, ella te curaría. Y no quiero volver a perderte de vista, la última vez perdiste la memoria y eso que tenías tanto poder que creía que eras Dios en persona, ¿Y si no vuelvo a saber de ti?

            —No lloriquees, tienes mi teléfono. Hasta la vista, sé cuidarme sola.

            No era cierto, pero no quería llevar a ese loco a su casa. No creía nada de lo que le dijo.

            Con paso decidido salió de la cafetería y desapareció.

            —Solo espero que no dejes sonar ese horrible mensaje de tu buzón de voz —murmuró, con tristeza, cuando ya no podía escucharle.

            Se cubrió la cara con las manos y suspiró.

            «Por favor, que no le pase nada... Quiero volver a verla, lo es todo para mi.» —Oró en sus pensamientos, en silencio.

            Al abrir los ojos la vio justo delante, mirándole impacientemente.

            —¡Has vuelto! —Exclamó conmovido.

            —Pues claro, ¿lo has olvidado? Me dejé el diario del Vórtice en el coche. Quiero leerlo esta noche.

            —Espera que pago y te lo doy —respondió desilusionado.

 

 

 

            Esta vez, al despedirse, ella le dio un beso en la mejilla, luego le obsequió con una caricia en la cara y le regaló una dulce sonrisa. Su roce le hizo suspirar y cerrar los ojos. Aún tenía la esperanza de que le besara, como si todo lo que le contó hubiera desatascado su memoria y se despidiera con un beso eterno.

            —Hasta mañana, ya te contaré —escuchó—. No creas que no quiero continuar esta conversación.

            Y se marchó con el diario entre las manos. Antonio no la perdió de vista sin dejar de ver sus andares enérgicos, su pelo negro nervioso, su cintura y proporcional trasero, absolutamente perfecto, hasta que giró la esquina de la calle en dirección al metro y tuvo que asumir que esta vez no la vería volver.

            —Al menos he impedido el fin del mundo —suspiró—.  Será mejor que llame a Brigitte y le cuente lo que ha pasado o nunca perdonará al otro Antonio.

 

 

 

            Después de aquella tarde con el tipo más raro del mundo casi resultaba cómico que estuviera deseando volver a verlo. Abrió el "Vórtice" varias veces y nunca pasaba de la fecha de la primera página.

            «¿Cómo voy a ser una asesina?» —Pensó mientras pagaba en la taquilla del metro y bajaba trotando las escaleras mecánicas.

            Intentó imaginarse matando a aquel chico, pero era como si le hablaran de otra persona.

            Abrió el libro de nuevo cuando tuvo que atravesar un lago pasillo desierto.

            —¿Me acosté con él? —Susurró en voz alta—. No hay duda, estaba desesperada. Quizás el sexo no era más importante para mí que tomar unas cañas. Igual que ese del mensaje, lo mismo es un ligue y yo aquí loca, comiéndome la cabeza.

            Una mujer apareció por el extremo del pasillo y se mordió la lengua. Ya empezaba a parecer tan chiflada como Antonio.

            Abrió el diario y se fijó que era su propia letra. Aun no sabía lo que le esperaba entre esas páginas pero le gustaba saber que era obra suya.

 

 

            Llegó al andén, no había un alma. Eran las ocho y media, ¿no era muy raro? Dejó de pensarlo cuando fue llegando gente.

            «Donde es mi parada»—se preguntó.

            Buscó en el mapa gigante que había a su lado y le costó encontrarla. Trazó un itinerario en su cabeza, debía hacer un transbordo en "Gran vía".

 

 

 

            Tardó media hora en llegar. El hombre de la recepción del hotel la saludó como un robot.

            —Buenas noches, señora.

            —¿Ha venido alguien a mi apartamento?

            El aludido la miró con cara de sorpresa.

            —No señora, usted dio instrucciones de que nunca revelemos a nadie que vive aquí.

            —¿Nunca he subido acompañada? ¿Ni siquiera ayer?

            —Disculpe no la vi en todo el día. Claro que mi turno empieza a las cuatro.

            —Gracias —se alejó hacia el ascensor. El encargado la miraba como un bicho raro. Debía pensar que estaba chiflada.

            Pulsó el botón insistentemente. El portero de la puerta puso gesto de sorpresa.

            —¿Que miras? —Le atacó, nerviosa.

            —Señora, usted nunca usa el ascensor, solo me ha sorprendido, disculpe.

            —La gente tiene derecho a cambiar de costumbres —protestó.

            —Disculpe, no volverá a ocurrir.

            El ascensor llegó a la planta baja y se introdujo, nerviosa. Pulsó el botón octavo y se refugió dentro mientras se cerraban las puertas. Esperó con paciencia a que se abrieran de nuevo. Se imaginó en aquel receptáculo cuadrado retozando con Antonio Jurado y sintió cierto repelús. La escena, ella abierta de piernas sobre él mientras la penetraba, le causó un aumento de la temperatura y sintió que se le mojaban las bragas. ¿Se lo imaginaba o era otro recuerdo? Negó con la cabeza y susurró:

            —Ni de coña, antes lo haría con un asiático.

            Volvió a abrir el diario y cuando iba a leer la primera frase las puertas del ascensor se abrieron. Sacó la tarjeta electrónica del bolsillo de su chaqueta vaquera y abrió, acercándola. La puerta se abrió y su corazón se detuvo por unos segundos. ¿Ya habría llegado su invitado? ¿O sería su marido? Se asomó con cautela, examinando su vivienda con temor y buscando alguna diferencia a cómo lo dejó. Todo seguía igual. Entró y cerró tras ella, exhalando un suspiro nervioso. ¿Aún no había llegado? No estaría segura hasta que examinara cada estancia.

            La sala se encontraba vacía, encontró su habitación con la cama perfectamente hecha, su ropa, antes dispersa por el suelo, la habían lavado y planchado, dejándola sobre las sábanas. El baño relucía como nuevo, la terraza con piscina desierta. Estaba sola.

            Encontró su móvil encima del recibidor y el libro del "El vórtice" sobre la mesa del salón. Ella misma lo dejó allí pensando en leerlo en cuanto examinara cada rincón. Se sentó a su lado y se quitó las zapatillas, subió los pies a la mesita y se acomodó los cojines para leer con comodidad.

            —Espero que esto me ayude a recordar cosas —murmuró.

            Apenas abrió el libro se quedó dormida.

 

            Se despertó porque entró una brisa por la ventana y notó un escalofrío recorriendo sus piernas. Tenía las luces encendidas en plena noche, las cortinas totalmente abiertas y el edificio de al lado estaba a escasos diez metros de distancia. Al ser mucho más alto que el hotel, cualquiera que se asomara por la ventana podría verla. Corrió las cortinas y bajó la persiana.

            Eran las diez, necesitaba dormir en condiciones. Se fue a su habitación y encendió las luces, solo las más cálidas. Se quitó los leggins, luego la chaqueta y la blusa quedando únicamente en bragas y sujetador. De camino a la ducha se fue quitando la ropa interior y puso el agua a correr.

            —Si hoy no vienen nadie, nunca sabré lo que pasó —se dijo, preocupada.

            Se metió en la ducha y tardó cinco minutos en salir. Se secó con la toalla recreándose en la suavidad de sus finos hilos de algodón deslizándose por su excitada vagina.

            Se puso bragas limpias, unas rosas con encaje y un sostén que hacía juego. Su tela era suave y deslizó los dedos por encima, sintiendo su propio tacto que la estremeció de placer, tanto hablar de sexo la hacía excitado. Se dejó caer en la cama, con las piernas bien abiertas, con las almohadas colocadas a su espalda. Se deslizó la mano derecha por debajo de las bragas y notó con placer el suave contacto de su clítoris, duro y excitado. Le gustó tanto la suavidad de la prenda que la cogió y la estiró para que sobara su vagina. La introdujo en su raja e hizo rozar sus labios con aquella tela sedosa.

            —Va a resultar que si soy una mujer fácil —murmuró, con fastidio.

            Se levantó, se puso la misma ropa que llevaba, se echó perfume en el cuello, agarró su bolso, metió el móvil y después de comprobar que tenía dinero fue decidida a la puerta. Al primer macizo que viera pensaba llevárselo a la cama, sin mediar palabra, en cualquier pub.

            Cuando iba a abrir la puerta de la calle, ésta se abrió sola y entró un hombre.

            —Hola, ¿me esperabas? —Preguntó, sonriendo—. Yo no he dejado de pensar en ti ni un solo segundo.

            —Yo... Tampoco —Reconoció, nerviosa. Era cierto, se había pasado del día esperando ese momento. Deseaba ver a un tipo atractivo, bien vestido, joven y mirada segura, seductora. El que entró era un viejo de sesenta años, trajeado, con barriga cervecera, calvicie avanzada y ojos negros de pervertido.

            —Vamos a la cama, ya he visto que has empezado sin mí. Quiero metértela tan adentro que…

            Tuvo deseos de quitarse la ropa, hacerle caso a ciegas, su cuerpo ansiaba su pene contra toda lógica. Pero recordó el consejo de Antonio, aunque le diera una orden directa, debía darle largas.

            —Antes necesito hablar contigo —le detuvo con la mano en el pecho.

            —¿Te has resistido? Quiero penetrarte, y tú te vas a dejar —exigió de nuevo como si tuviera pleno derecho sobre ella.

            Su cuerpo se llenó de deseo ferviente y tuvo que luchar con todas sus fuerzas para evitar darle un beso de tornillo a ese desconocido.

            —Antes necesito respuestas. Tenemos mucho qué hablar.

            Aprovechó para dejarle pasar y cerró la puerta. No podía evitar mirarle con un deseo ilógico, irresistible, pero si se lo tiraba nunca podrían hablar. Era su única oportunidad.

            —¿Qué está pasando aquí? Tengo puesto el maldito traje —protestó el tipo.

            —¿Cómo has dicho? —Preguntó, asombrada.

            —Nada, es un error. Esto me lo paga ese mal nacido. Me dijo que...

            —¿Quién eres tú y ese del que hablas? —Ángela no podía creerlo, ¿hablaba del traje de los pleyadianos?

            —Me dijeron que este disfraz era...

            —¿Mágico? Así que fuiste tú… ¿Por qué no puedo recordar nada? ¿Tú puedes devolverme los recuerdos?

            —Yo no he sido, fue... Mira, tengo que irme.

            —¿No tendrás miedo de una chica amnésica? No pienso dejarte marchar sin respuestas.

            —Lo de tu memoria no fue cosa mía.

            —Sí claro, por eso venías a violarme.

            —Mira, te juro que te devolvería tus recuerdos si pudiera. ¿Violarte? Mujer, no dramaticemos, creí que aceptarías voluntariamente.

            —Demuéstrame que dices la verdad, ¿quieres que me cure?

            —Pues claro, yo no tengo nada contra ti. Solo quería pasar un buen rato, pero me han engañado, este traje debe ser defectuoso.

            —¿Quién te lo ha dado? Dímelo y saldrás vivo de aquí.

            Era un farol, si todo lo que le contó Antonio era cierto, ese hombre conocía su pasado y por eso la temía por su fama de asesina.

            —Fue Francis —reconoció, nervioso—. Él me dijo que no recordabas nada, que podría hacer contigo lo que quisiera.

            —Soy una chica caprichosa. Vas a sentir el fuego de mis entrañas, pero solo si me dices algo.

            —¿En, en... En serio? —preguntó nervioso y asustado—. Lo que tú digas.

            —Deséame la curación. Dime: "Ojalá recuerdes todo".

            —Sí, claro, por supuesto, quiero que te recuperes, preciosa. Ahora, vamos a ver lo que tienes para mí.

            —Tengo fuego en el cuerpo —susurró ella, cerrando los ojos.

            Suspiró y notó que la nube que cubría sus recuerdos se desvanecía.

            —¿Nos acostamos ahora? —Preguntó el hombre, con risa nerviosa.

            Ángela le puso la mano en la bragueta y sintió que se le ponía duro el pene.

            —Lo prometido es deuda —susurró.

            Sin mediar más palabras le hizo arder igual una antorcha viviente. El hombre no logró emitir ningún grito y se tambaleó mientras se consumía igual de rápido que una brizna de paja. Desapareció como una pesadilla, sin dejar humo, ni restos carbonizados. Lo único que quedó en la alfombra fue el traje de los pleyadianos, intacto.

            —Fausta tenía razón, solo debía esperar en casa y tendría mis respuestas —susurró, sonriente. Además, siguió el consejo de Antonio de no obedecer a las primeras de cambio. Si no hubiera hablado con él aquella tarde posiblemente sería la esclava sexual de ese cerdo y Dios sabe de cuántos más.

 

 

Comentarios: 9
  • #9

    Tony (jueves, 09 enero 2020 11:18)

    Qué difícil es cumplir con publicar cuando estás con niños en casa.
    Bueno, ya está, vuelvo al tajo. Me he vuelto a quedar sin empleo lo que significa que tendré algo más de tiempo para escribir, publicar y hacer más cosillas con la página. Pensaba abrir dos apartados extras con otras temáticas. Desarrollar más el taller de escritura, abrir sección de fantasía épica y otra dedicada a todo tipo de historias basadas en licencias de cine, literarura o videojuegos.
    Siendo cosas que ya tengo escritas, no debería llevarme mucho revisar y publicar.

  • #8

    Yenny (sábado, 04 enero 2020 04:42)

    Aunque llegué un poco tarde espero que tengan un buen año.
    Pensé que iba a durar más la amnesia de Ángela pero parece que no va a haber muchas largas con eso.

  • #7

    Chemo (miércoles, 01 enero 2020 00:43)

    Feliz Año a todos. Espero que tengáis un año lleno de felicidad, salud y buen sexo.

    Salud

  • #6

    Alejandro (lunes, 30 diciembre 2019 14:22)

    Si me hubieran dado el traje a mí... Jejeje
    ¡Felices fiestas a todos!

  • #5

    Alfonso (lunes, 30 diciembre 2019 14:21)

    Esta historia es cada vez más interesante. Aunque no me queda claro cómo tipos tan astutos y calculadores como los jefes de la Organización mandarían a un viejo rabo verde a con Ángela con todo y traje.
    En fin, a esperar la continuación. Espero que todos vosotros estéis teniendo unas fiestas de fin de Año inolvidables (con mucho sexo).

  • #4

    Vanessa (domingo, 29 diciembre 2019 18:29)

    Espero que te sientas mejor, Jaime. Yo estudio lejos de casa de mis padres y me he quedado sola en el piso que alquilo. Lo cual no me desagradó ya que lo tuve para mi sola y un par de chicos a quienes invité a jugar conmigo.
    Hay que reconocer que Tony tiene razón en que el sexo no lo resuelve todo, sino la paciencia. El sexo siempre viene después a curarlo todo.
    Espero que todos estéis teniendo unas excelentes fiestas y os deseo un Feliz Año Nuevo.

  • #3

    Tony (sábado, 28 diciembre 2019 22:42)

    Espero que te recuperes pronto, Jaime.
    En la próxima parte se explican más cosas. Aunque si ya se deja caer que Francis le dio el traje a ese hombre, aunque no se saben aún los motivos.

  • #2

    Jaime (sábado, 28 diciembre 2019 21:29)

    Feliz Navidad atrasada, Tony. Espero que hayas pasado unas fiestas estupendas junto a tu familia. Yo estuve enfermo toda la semana y me la he pasado solito en mi apartamento. Pero ya estoy mucho mejor ahora.
    La hostoria me ha dejado con la duda. ¿Por qué un anciano tendría el traje pleyadiano así como así? ¿Y cómo es que Ángela fue inmune a las órdenes de sexo del viejo? Sin duda Fausta ha salvado a Ángela y ahora el Consejo estará en problemas.

  • #1

    Tony (sábado, 28 diciembre 2019 19:42)

    Felices fiestas a todos. Después de año nuevo la continuación, posiblemente el final.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

 

 

 

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