Los últimos vigilantes

40ª parte

 

» Entonces el suelo tembló. Al principio fue muy leve, luego se cayeron todos los cuadros de la casa. Fui corriendo a por los niños, fue espantoso, no pude llegar a ellos, escuché sus gritos, no se abría la puerta, las paredes se rajaron y sentí que el suelo se tambaleaba a punto de desaparecer bajo mis pies. Me pudo el pánico... Solo yo salí. Las entrañas de la tierra lo devoraron todo. Mi mujer estaba aparcando cuando el terremoto sacudía con más fuerza. Nos miramos un segundo y leyó en mis ojos que había dejando solos a los niños. Antes de que pudiera decirme nada, una grieta se abrió a nuestros pies y yo pude evitarla, pero ella cayó en su interior con el coche y un segundo después toneladas de escombros la sepultaron. Fui incapaz de salvar a mis hijos y a ella.

Antonio no tuvo voz para continuar.

          —Me cuesta creer que te estés inventando algo así pero… No ha ocurrido —Intervino Ángela—, ¿no dices que fue ayer? ¿Debió ser un sueño?

Antonio lo contaba como un recuerdo reciente, sus ojos estaban rojos por las lágrimas contenidas.

          —¡Papá! Me gritaba Charly. Miguel chillaba cuando los abandoné. Me rompí por dentro. Mi corazón se detuvo... Y nunca olvidaré el reproche silencioso de Brigitte por no haberlos sacado de casa conmigo. Deje de luchar por sobrevivir. Pero luego supe por qué no me trago la tierra.

Antonio suspiró con tristeza.

          —¿Por qué te paras?

          —Ángela, estaba allí, bueno tú. Y me salvó.

Antonio aprovecho para respirar.

          —Se sentó a mi lado mientras el suelo engullía a todos menos a nosotros. No me atreví a mirarla, la culpaba de todo, la odié... La quise matar. No solo contemplabas cómo se desmoronaba cuanto alcanzaba a la vista, y no me permitías morir. Creí que me estabas castigando.

Aprovechó para mirarla a los ojos, no eran acusadores, como daban a entender las palabras.

          —Ojalá pudiera estar contigo sin que tú familia existiera, me dijiste y luego añadiste: Sé lo que estás pensando. Yo no he provocado esto, el maldito consejo es el culpable. Sí, es cierto, he podido evitarlo pero he pensado que podemos sacar algo bueno de tanta monstruosidad.

          —¿Pude y no lo hice? —Ángela pestañeó, intrigada.

          —Todavía no entendía lo que ibas a hacer —continuó Antonio—. Luego me dijiste: No puedo acompañarte, pero estoy segura de que sabes cómo evitar esta tragedia. Si quieres a tu familia, renuncia a ellos —susurró—. Es tu oportunidad de no seguir atado a ellos.

Sentí que me ponías la mano sobre el hombro y aparecí en el pasillo de mi casa media hora antes. Ya no estabas conmigo pero supe dónde encontrarte. Vendrías a mi habitación y tenía que convencerte para que salvaras al mundo. Cuando entré en mi cuarto no me esperaba encontrarme a mí mismo y tuve que improvisar. Por suerte, él tampoco me esperaba, claro y nos quedamos mirándonos unos segundos.

          —No he venido a hacerte daño —le dije—. Necesito que me acompañes. La vida de Brigitte y los niños está en juego.

          —¿Has viajado en el tiempo? —Adivinó.

          —Ángela llegará en cualquier momento —supliqué—. Confía en mi.

          —Si eres "yo", arriba las manos, me amenazó. Sacó una pistola de mi mesilla de noche, creo que siempre quise hacer eso, y me apuntó a la cabeza.

» Dudo que eso dispare aunque tuviera balas, respondí.

» ¿Te manda el EICFD? Ellos podrían saber eso, replicó el otro, Dime ¿Cuántos años tiene Fausta?

» Pero si no lo sabes ni tú —respondí—. Vamos baja, recuerda que los niños están solos en el patio.

          —¿Cuántos tiene? —Interrumpió Ángela—. Yo no le echaba más de veinte.

          —¿Siglos? —se mofó él.

          —¡Qué dices!

          —Creo que nació sobre el año 700 —explicó, elevando las cejas y asombrándose él mismo de su cálculo.

Ángela soltó una risa nerviosa.

          —Ignoro cómo se hizo inmortal, esa historia no me la ha querido contar. Hay quien piensa que es una diosa.

          —Espera, esto supera todo lo que puedo aceptar. ¿Dioses? ¿Viajes en el tiempo? Ahora me vas a decir que han venido los marcianos y…

          —Ese es otro tema… Y sí, nos enfrentamos a ellos. Pero tienes razón, me estoy yendo por las ramas. ¿Qué te estaba contando?

          —Fausta —replicó ella impaciente.

          —Ah ya, a pesar de mis respuestas, el otro me embistió y trató de tumbarme pero me lo esperaba y me aparté empujándole contra la pared. El golpe fue demoledor. Cayó como un muñeco de trapo. Verle con la frente roja, poniéndose morada fue un shock para mí, le creí muerto. Pero de algún modo se lo merecía, sabía que huiría dejando sola a mi familia. Aunque pensado él nunca o hizo. Fui yo. A lo que iba, tenía que esconderlo, no sabía si lo había matado ni, la verdad, me importaba en ese momento. Lo arrastré hasta la habitación de al lado y cerré la puerta. Bajé a ver a los niños, estaban jugando con martillos y punzones de plástico, agujereando piedras con fósiles de juguete. Bueno, Miguel encontró más divertida la manguera y tuve que reprenderle. Pero me alegre tanto de verlos vivos que les di un abrazo y me quedé ayudando a Charly. Entonces sentí tu llamada y al mirar a mi ventana te vi. Todo el odio se transformó en agradecimiento por ver a los niños vivos. Cuando subí recordé las cosas tan horribles que te dije y las consecuencias que trajeron mis palabras. Cerré los ojos y busqué en mi corazón algo que pudiera decirte sin mentir. Te conmoví tanto que evitaste el Apocalipsis.

Antonio suspiró recordando aquellos momentos. Ella seguía poniendo cara de no creerse nada.

          —¿Qué es ese EICFD? —Preguntó Ángela.

          —Ah, es un ejército ultra secreto. Tú también pertenecías a él, a pesar de tu oscuro pasado.

          —¿Qué hice?

          —Fuiste una asesina a sueldo. Con los años te volviste más madura y cabal, pero de joven eras una buena pieza.

          —¿Qué?

Antonio suspiró.

          —Por ejemplo, cuando te conocí intentaste matarme a mí y a mi mujer.

Ángela enarcó las cejas mostrando incredulidad.

          —Y eras muy buena, quiero decir mala, buena en tu trabajo —agregó—, aunque tuviste problemas con tus jefes y trataron de matarte. Casi lo consiguieron.

Ángela se fijó que estaban entrando ya en Madrid. Vio la hora del coche y eran las cinco. Se imaginó en su casa, esperando hasta las diez de la noche a ese desconocido que podía ser su marido, y supo que no quería ir tan pronto.

          —¿Para qué hemos ido a ver a esa bruja con todo lo que tienes que contarme tú? ¿Me invitas a un café?

Antonio se encogió de hombros. La miró con ojos tiernos y asintió, ¿a dónde más iba a querer ir?

 

 

 

No tardó en aparcar en frente de una cafetería llamada "Penumbra", en un barrio tranquilo, y aparcaron justo en la puerta.

          —¿Has estado aquí alguna vez? —Preguntó ella.

          —No conozco esta zona.

          —Ya veo.

Se sentaron junto a la ventana y Antonio pidió un café manchado. Ella uno solo, bien cargado.

          —¿Por dónde iba? —Preguntó él mientras echaba un sobre de edulcorante en su taza espumosa, con una mancha de café en el centro.

          —Se puso interesante cuando dijiste que intenté matarte. Me cuesta tanto imaginar eso... ¿Qué pasó?

          —Obviamente no lo conseguiste. Pero creí que sí habías matado a mi esposa. He tenido pesadillas contigo durante años.

          —Y yo que pensaba que estabas enamorado de mi —bromeó Ángela.

          —Has cambiado, especialmente al olvidar tu pasado. Ayer ya no eras esa asesina sin escrúpulos del pasado.

Un hombre vestido con traje negro entró en la cafetería directo a la barra, pidió una cerveza y se los quedó mirando. Era alto, llevaba una cazadora con capucha bordeada con pelo animal. Luego miró por la ventana con aire casual. Antonio entendió que se fijó en su acompañante, que con sus mayas negras, su cuerpo se insinuaba sin dar ningún trabajo a la imaginación. Lo cierto es que se moría por cogerla de la mano, besarla, desnudarla y... Creía que cualquiera del mundo sentiría lo mismo. Suspiró al darse cuenta de que la estaba mirando los pechos y seguramente no lo hacía de forma discreta.

          —Años después de nuestro primer encuentro —habló, apartando los deseos de su mente —tú eras jefa de policía y conseguiste inhabilitar mis cuentas bancarias. Me detuvieron en Suiza, yo tampoco era un modelo de persona, me hice pasar por detective profesional, incluso policía, y la justicia tenía muchas cuentas pendientes conmigo.

          —¿Qué has hecho?

          —Los temas paranormales no se rigen por las leyes civiles, te aseguro que no he matado a nadie que no fuera un peligro para la sociedad —susurró.

          —¿Has matado? —Se escandalizó, sobrecogida.

          —Calla, —miró al hombre por si los había oído, estaba mirando la tele —mis cuentas con la justicia ya están saldadas.

Siseó para que bajara el tono de su voz.

         Y por cierto, tú eras uno de esos peligros —murmuró.

          —¿Yo? ¿Pero qué pasó? —Se extrañó la chica.

          —El día que te conocí mataste a una chavala, bueno tú o tu compinche. Luego te cargarte delante de mi, de un disparo a la cabeza, a tu compañero, un chico de quince años bastante irritante y debo decir que no te vi ni pestañear.

          —¿Lo dices en serio? No, eso debe ser una película que te estás inventando —respondió.

          —Eras una asesina a sueldo. Por eso me dabas tanto miedo. No tenías escrúpulos.

          —No me creo nada —se obstinó.

          —Mejor, no quisiera que vuelvas las andadas. Como te dije, años después eras la jefa de policía y conseguiste detenerme. Querías encontrar a alguien porque Alastor, tu jefe de aquel entonces, te lo ordenó. Y sabías, también por ese maldito viejo, que solo yo podía encontrarla.

          —¿Y qué pasó?

          —Fue cuando nos enrollamos, empezaste tú, por cierto. Yo te temía y deseaba por partes iguales. No quise ni pude resistirme. De esa se enteró Brigitte y me perdonó porque creyó que no me dejaste elección. No pongas esa cara —Protestó al ver la expresión de extrañeza de su contertulia—. Eso fue hace años, no estaba tan gordo como ahora o tú no tenías ningún filtro, yo que sé. ¿Te encantaba el sexo? Ni idea. El caso es que... Un día me negué a tener más relaciones contigo y en lugar de matarme, como temía, me dijiste que nunca te habían rechazado y que jamás lo volveríamos a hacer si no era yo quien te lo pedía.

          —¿En serio?

          —Así es... claro —Antonio se mordió el labio inferior.

          —Y me lo pediste ese mismo día, ¿No? —Intentó adivinar.

Antonio parpadeó varias veces como si le costara salir de sus pensamientos.

         Que va. Hasta ayer, nunca te... Lo había confesado —pensó bien lo que diría—. Y ahora pareces otra. Aun estoy dudando si esta es tu venganza por hacerte esperar tanto. Si te digo la verdad, no quiero perder a mi familia, mis hijos lo son todo para mí y mi mujer... Si tan solo me mirara como cuando nos casamos. Ahora ya creo que ni me ve. Ya no hay esa complicidad de antaño. Lo que no puedo soportar es que encima me sienta culpable por desear que me quiera como siempre. Y tú, hasta ayer, tenías el brillo que buscaba en tu mirada, esa magia que yo tanto anhelo.

          —Perdona, no sé de qué estás hablando. Si todo lo que cuentas es cierto. ¿Qué pasó ayer cuando nos vimos... Por segunda vez?

          —Nada, no hubo sexo, no te alteres —Antonio se quedó pensativo.

          —Pero te hubiera gustado.

          —No viene al caso lo que yo quería. Espera, tenemos que volver a hacerlo...

          —Si es una broma no tiene ni pizca de gracia —se quejó Ángela.

          —Por favor, estoy pensando —cortó—. No hay dos sin tres, déjame explicarte.

          —¿Qué? —¿Nos acostamos dos veces y quieres una tercera?

          —No hablo de eso. Tenemos que encontrar a Génesis.

          —¿Quieres un seguro de hogar ahora? —se burló Ángela.

Antonio soltó un profundo suspiró y reunió paciencia para comenzar a contarle cuanto recordaba de aquellos días.

          —Será mejor que pida agua, es una historia demasiado larga.

 

 

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    Tony (martes, 24 diciembre 2019 01:55)

    Posiblemente el sexo lo arreglara todo, pero lo veréis en la siguiente parte.
    Voy a tratar de publicarla entre el 25 y 29. El libro ya está acabado y quedan dos partes. La última la publicaré entre año nuevo y reyes.

  • #5

    Chemo (martes, 24 diciembre 2019 01:07)

    No hay nada que un polvete no pueda arreglar.

  • #4

    Alfonso (domingo, 22 diciembre 2019 20:53)

    Un poco de sexo seguramente refrescará la mente de Ángela. Y quizá también otra cosa.
    ¡Feliz Navidad a todos!

  • #3

    Yenny (domingo, 22 diciembre 2019 03:18)

    Pensé que Antonio le estaba proponiendo tener sexo para recuperar la memoria jaja
    Tantos años han pasado que ya no recuerdo muy bien tantos detalles, pero con estos pequeños recuerdos algo me voy acordando.
    Supongo que no habrá otra parte hasta después de navidad asi que los mejores deseos a todos en estas fiestas..

  • #2

    Vanessa (sábado, 21 diciembre 2019 02:13)

    Yo todavía no he leído todas las historias anteriores y aún así puedo enender bien la trama original. Y no hay nada mejor que un buen polvete para recuperar la memoria perdida.

  • #1

    Jaime (viernes, 20 diciembre 2019 02:38)

    Buen resumen de las historias pasadas. No recordaba muchos detalles de la vida íntima de Antonio y Ángela.

    Espero con ansias la siguiente parte.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

 

 

 

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