Los últimos vigilantes

39ª parte

      Les invitó a entrar después examinarlos de arriba a abajo con la cámara de acceso. Sin reconocerles la verja se abrió sola, automáticamente.

            Vieron un BMW negro aparcado frente a la casa. El camino asfaltado hasta la puerta ocultaba la finca con cipreses de gran altura a los lados. Parecía un cementerio. Entre los arbustos Antonio vio una piscina cubierta por un plástico azul. Cuanto veía contrastaba radicalmente con el entorno pobre y descuidado del resto de fincas vecinas, incluso con la misma finca cuando el mismo mando construir la casa.

            —Puede que le haya tocado la lotería —comentó Antonio, sorprendido.

            —No vive mal la bruja —respondió Ángela, envidiosa.

            Al llegar a la puerta no necesitaron llamar, un hombre vestido de traje negro les invitó a entrar con muy buenos modales.

            —La señora les espera, por favor acompáñenme.

            —¿Sabía que veníamos? —Preguntó Ángela, sorprendida.

            —Rara vez le sorprende algo —se limitó a responder.

            Les condujo por el pasillo hasta la puerta de una sala. El hombre les invitó a entrar y acomodarse.

            Encontraron unos sillones de piel negra, cómodos y se podría decir que eran nuevos.

            —Está mujer se baña en pasta —valoró Ángela cuando perdió de vista al mayordomo.

            —A poco que gane, la casa le ha salido gratis —le quitó importancia Antonio—. Puede que sus hermanas hayan empezado a trabajar o quizás han cobrado una herencia.

            Se tuvieron que sentar juntos en un sofá de tres plazas ya que hubieran tenido que ponerse a dos metros de distancia, con una mesa de cristal entre ambos.

            Al hundirse en los cojines sus hombros entraron en contacto y Ángela trató de alejarse. Al mirar su hombro se fijó en un detalle e su chaqueta.

            —La NASA. No me digas que has trabajado con ellos.

            —El parche me costó tres euros en un chino. Pasé cerca de un poste de teléfonos que tenía un tornillo saliendo del palo como una uña de gato. Por suerte llevaba el abrigo ya que en mi piel habría sido mucho peor.

            —Vaya.

            —Me llama la atención que conoces la NASA —indicó Antonio—, sabes hablar, claramente tu memoria está bien, pero no te acuerdas de ciertas cosas de forma selectiva. Si hubiera sido un golpe puede que no recordaras ni cómo se camina.

            —¿Insinúas que miento?

            —No, pero me dejaste con la duda, ¿no serás en realidad de otra tercera línea temporal? No, olvídalo, al pensarlo no sonaba tan estúpido.

            Se apresuró a desdecirse porque le miró con incredulidad y desprecio.

            —Espero que Fausta no sea tan imaginativa como tú. ¿Por qué crees que no quiero que estés delante? Las videntes sacan información de los que les consultan. Si te ve, es capaz de decirme que he bajado de Saturno y ayer mi comida preferida era sorber cerebros humanos con pajitas de refresco.

            —Entiendo, no te preocupes, entra sola.

            Antonio no supo que más decir. Cada vez que abría la boca ella le respondía de perros modos. No necesitaba decirle que seguiría con él mientras dependiera de su coche y dinero. Aunque si seguía hablando era posible que se fuera mucho antes.

            Escucharon el teléfono del pasillo y el mayordomo respondió al primer timbre. No tardó en colgar.

            Fue hasta en marco de la puerta y recitó como un cadáver:

            —Pueden subir cuando quieran, la señora les espera en la habitación del fondo.

            Mientras decía eso un hombre de pelo canoso, distinguido, con corbata roja y zapatos tan brillantes como espejos, salió sin decir nada ni mirar a nadie.

            En seguida escucharon arrancar el BMW y marcharse de la finca.

            —¿Se podía aparcar dentro? —Protestó Antonio.

            —Por supuesto, señor —respondió el sirviente.

            —Espérame aquí —Ángela subió las escaleras con prisa—, te llamaré cuando tengas que pagar —completó desde la planta de arriba.

            —Está bien —respondió sumiso.

            Volvió al sillón y se dejó caer agotado.

            «¿Cómo se me ocurre siquiera pensar por un momento que Ángela y yo podíamos ser compatibles? Espero que pueda arreglar las cosas con Brigitte... Y que tenga los niños».

 

            Ángela entró sin llamar. Esperaba encontrarse una especie de decorado con temas tétricos, paredes llenas de cuadros subisteis, persianas bajadas y poca luz.

            Ciertamente la planta de arriba estaba casi a oscuras y la única luz encendida era una lámpara de pared que parecía una vela. La puerta del fondo estaba abierta y se encontró a una joven e pelo negro y ensortijado esperando tras un escritorio. Eligió la silla de la derecha y se sentó sin perder de vista a la secretaria.

            —Vengo a ver a Fausta. ¿Cuándo podrá atenderme?

            —Las bromas para otro momento, señorita Dark.

            —¿Es usted? —La joven la dedicó una mirada furiosa—. Creí que era adivina, si me conoce tanto, ¿no sabe que he perdido la memoria?

            —Eso no es cierto, querida.

            —Esto es él colmo, ahora me llama mentirosa.

            Se levantó ofendida y mientras salía por la puerta escuchó:

            —Te la han robado. No es lo mismo que perderla.

            Se detuvo en seco. Volvió a su silla dispuesta a darle una oportunidad.

            —No he olvidado el día que me sepultaste entre los escombros de mi vieja casa, no tengo por qué ayudarte.

            —No recuerd...

            —Eso no te hace menos culpable —atajó con aspereza.

            —¿No me va a ayudar? Por favor, no tengo más pistas.

            —Eso no tiene por qué ser necesariamente malo. Vuelve a tu casa, espera a que la verdad se manifieste por si sola.

            —¿Y voy a tener que pagar por esa mierda de consejo?

            —No te preocupes, es gratis. Ahora quiero hablar con Antonio Jurado.

            Ángela volvió a levantarse, pero apenas lo hizo se sentó de nuevo.

            —¿Usted sabe lo que me ha pasado y no me lo va a decir? Una de dos, o está en el ajo o de verdad es adivina y no creo que sea lo segundo.

            —¿Has encontrado algún cartel que anuncie lo que soy? En la puerta de mi casa, ¿algo te ha hecho pensar que podías entrar para consultar a la "adivina"?

            —Antonio Jurado me trajo porque supuestamente lo eras.

            —Quizás se ha explicado mal, niña. La gente viene a verme a buscar respuestas. A menudo ni siquiera conocen la pregunta y yo misma les ayudo a hacérsela, como es tu caso.

            —Yo sí sé lo que quiero saber y...

            Fausta carraspeó con fastidio dejando entrever que le cortó su exposición.

            —¿Cuál cree que es la pregunta que debo hacer? —Cedió Ángela, poniendo los ojos en blanco.

            —Exactamente esa —Fausta sonrió.

            —¿Puede contestarla?

            —Lo acabo de hacer —susurró de forma burlona, como si fuera obvio.

            Ángela espero una explicación que nunca llegó.

            —Está claro que me he rodeado de chiflados. Sabe qué, que suba Antonio a pagar, ya me da igual. ¡Eh! ¿Puedes subir?

            Escucharon los pesados pasos subiendo la escalera y llegó resoplando.

            —No tengo nada más que hablar contigo —increpó Fausta—, ¡Efrén! Acompaña a la señorita a la puerta.

            —Sí, señora —escucharon responder al mayordomo.

            —Quiero escuchar lo que decís —protestó Ángela.

            —Si te quedas tendrás que cerrar la boca.

            —¿Vais a hablar de mí?

            —Es obvio —se encogió de hombros la bruja—. Pero no te recomiendo estar delante, no eras una buena persona precisamente.

            —Vale, no interrumpiré, me quedo.

            —Da igual, no se cree nada de lo que le cuento —le quito importancia Antonio.

            —Me gustaría preguntarte... —Comenzó Fausta—. ¿Por qué le diste el traje?

            Antonio la miró con expresión de miedo de contestar.

            —¿Qué traje?

            —Yo lo sé todo, Antonio.

            —¿Qué? —Preguntó con nerviosismo.

            —¿Te suena el deseo: "Ojalá pudiera estar con ella sin seguir casado con Brigitte"?

            —No sé de qué hablas.

            —Ya, así me ha mareado todo el tiempo —se burló Ángela.

            —Te lo podría recitar como un poema —Fausta miró de reojo a la chica, con reproche por haber intervenido faltando a su palabra.

            —En serio, no entiendo nada —terció el hombre.

            —¿Cuál era tu pregunta?

            —¿Dónde está mi mujer? Perdón, quiero saber si tiene a mis hijos, si están bien.

            —Los vuestros, querrás decir.

            —Claro.

            —Lo cierto es que, sin usar mis dotes de adivinación, sé exactamente dónde se encuentran los niños. Pero no debes encontrarlos.

            —¿Por qué? —Preguntó inquieto.

            —Están con su padre.

            —¿Qué?

            —Y pronto, tu mujer también.

            —Es imposible, —Antonio miró a las dos, muy nervioso—. Joder esto lo complica todo —suspiró—. Y lo simplifica a la vez.

            —Uf, me he perdido —rezongó Ángela.

            —Querida mía, te lo había advertido. Era mejor para ti no escuchar nada de esto.

            —Gracias por la respuestas —asintió Antonio—. ¿Cuánto te debo?

            —La vida. Pero ya encontraste el modo de pagarme. Estoy muy contenta de que no se haya vuelto a caer la casa sobre mi cabeza.

            —¿No quieres dinero? —Preguntó, extrañado.

            —Nunca le he hecho ascos, pero estoy en deuda contigo, todos lo estamos. Si te hace ilusión, la próxima vez ten por seguro que te cobraré.

            Ángela le miró estupefacta al ver que él asentía.

            —Ya nos veremos —se despidió Fausta.

            Dando por concluida la conversación, Antonio giró su butaca y les dio la espalda. Ángela tardó unos segundos en reaccionar y seguirle.

 

            Cuando entraron en el coche eran las cuatro y cuarto de la tarde.

            —¿Me lo vas a explicar? —Preguntó, confusa.

            —Es una larga historia. No merece la pena.

            —Esto es de locos. Llévame a casa.

            —Joder, qué puedo hacer ahora —susurró él, derrumbado.

            —Contármelo, puede que no te crea, pero igual te desahogas.

            —No creo. Te llevaré a casa. Ni siquiera tú eres quien se supone deberías ser.

            Ángela frunció el ceño y respetó su silencio mientras arrancaba el coche. Llegaron a la autopista y no pudo contener más sus preguntas.

            —¿A quién has secuestrado? ¿Cómo que el padre de tus hijos se los ha llevado? No me has dicho que fuera una mujer divorciada.

            —Que va, pero casi logro qe lo sea —suspiró profundamente—. Lo hice por ellos y por ti, admito que prefería perderlos para siempre que dejar que... —se limitó a responder—. Al final las piezas han vuelto a su lugar, pero tú... Ahora ni tú ni yo encajamos en el tablero. ¿Qué es lo que te ha pasado? Perdona, no quería preguntártelo a ti, quizás acabamos de dejar a la única persona que podía responder a esa pregunta. Aunque está claro que no va a responderla.

            —Yo también se la hice y me respondió que no estaba formulando la cuestión adecuada.

            —¿Y cuál era?

            —Eso mismo respondí yo, ¿qué pregunta era? y me dijo la muy cabrona: "Esa es".

            —¿Y la respuesta? —Protestó él.

            —Te la acabo de decir. Ya sé, me ha liado. Al soltarme eso me quedé a cuadros.

            —Ya veo, nos ha dejado peor que estábamos. Muy propio de ella.

            —También me dijo que fuera a casa, me dio a entender que la persona que irá esta noche puede tener las respuestas que busco.

            —Ya... todo el mundo termina encajando en su lugar. Menos yo.

            —Sigo sin entender lo que has hecho.

            —Nada. Solo usé el traje para pedir un deseo... No, un anhelo. Cuando lo llevas puesto hay que tener cuidado con lo que dices o deseas.

            —¿Otra vez el dichoso traje? ¿Te refieres a esa chaqueta que llevas de la NASA?

            —Es una...

            —¡Resúmela! —Le cortó furiosa.

            Antonio cogió aire y suspiró antes de dedicarle una mirada temerosa.

            —Hace unos meses... Bueno dos años, creo, porque yo he saltado en el tiempo.

            —Esto es de locos —protestó resoplando.

            —Los grises atacaron la Tierra y un grupo de hombres y mujeres fuimos elegidos por unos seres inmortales que viven en la Tierra, los pleyadianos, como ejército defensor. Nos armaron con armaduras celestiales con las que podíamos... Para que te hagas una idea, el genio de la lámpara no podía haber tantas cosas como cada uno de nosotros.

            —Ese es el traje —dedujo.

           Está vez no me ha tachado de loco. ¿Acaso recuerdas algo?

            —¿Yo? ¿También estaba? ¿Me dieron uno de esos?

            —Claro. La Tierra estuvo al borde de su destrucción. Ni con esas armaduras fue sencillo.

            —Genial —se ilusionó—, entonces sólo tenemos que encontrar uno y pedir a mi memoria que vuelva. Un momento, en tu casa me dijiste que yo tenía justamente ese poder. Pero no tengo esa cosa puesta.

            —Ya, y desde que adquiriste ese poder estuviste al borde de borrar la existencia de la raza humana y no lo hiciste porque yo te lo supliqué. Después salvaste el mundo, dos veces.

            Ángela fruncía el ceño tratando de escudriñar algo es su oscura memoria. Pero sentía que hablaba de otra persona.

            —Lo bueno es que ahora me crees.

            —¿Y dónde están esos trajes? —Interrogó.

            —Tuvimos que devolverlos a sus dueños. Yo me quede uno y le regale otro a mi mujer, que también intervino en aquella lucha.

            —Entonces quedan dos —Se ilusionó.

            —Ayer apareciste y nos contaste que debíamos devolverlos por un equilibrio universal que estábamos amenazando. Tenías el mismo poder que nosotros, pero no llevabas el traje. Nos convenciste para que lo devolviéramos y creímos que tu lo harías también. Claro, no lo hiciste, supongo que no podías porque no tenías uno, el caso es que te marchaste y volviste más tarde cuando yo estaba con los niños.

            Antonio se mordió el labio inferior.

            —¿Y qué pasó?

            —Nada, no debería contarte esto, pero... Ya no me queda nadie, he cumplido mi misión y ahora ya no tengo nada que perder.

            —Cuantas más cosas me cuentas, más me pierdo. ¿Qué pasó ayer? —Protestó Ángela.

            —Hablamos, me achacaste que por mi culpa el mundo se iba a la mierda. Te dije, sintiéndolo en mi corazón, que ojalá pudiera tener otra vida para estar contigo, pero no podía dejar a mi familia. Ese fue el momento clave. Te pusiste furiosa y sin decir nada más despareciste. Me quede llorando en la cama, arrepintiéndome de hacerte dejado marchar, pero yo no podía dejar a mi familia, lo eran todo para mí.

 

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Tony (martes, 17 diciembre 2019 14:56)

    Disculpad la tardanza, esta es la recta final del libro y quiero cerrarlo en condiciones. Aunque el proximo sea “El vórtice”, que aún no estoy seguro, probablemente aquí se acabarán los relatos olvidados. Me quiero centrar más en ordenar, revisar y publicar lo que ya he escrito aunque quien sabe, si gano dinero para un bocadillo igual me animo a continuar. Sé que tarde o temprano echaré de menos volver a estos personajes.

  • #6

    Chemo (domingo, 01 diciembre 2019 00:54)

    Yo tampoco entendí la predicción de Fausta. Seguramente lo descubriremos cuando Ángela regrese a su piso.

  • #5

    Alfonso (sábado, 30 noviembre 2019 22:51)

    Yo no entendí bien las predicciones de Fausta. Habrá que esperar la siguiente parte para entenderlas.
    Estoy ansioso por la siguiente parte de sexo.

  • #4

    Jaime (jueves, 28 noviembre 2019 16:26)

    Ya estoy bastante confundido yo también. ¿Han vuelto a cambiar de cuerpo Ángela y Brigitte?
    Siento que Fausta no fue tan útil como pensábamos.

  • #3

    Tony (miércoles, 27 noviembre 2019 08:24)

    Yenny, procuraré ser puntual y publicar el martes.

  • #2

    Yenny (miércoles, 27 noviembre 2019 04:30)

    Fausta también me dejó confundida creo que no iría con una adivina asi al final estas peor que al comienzo.
    Ahora toca esperar una semana más para leer que pasará, no creo aguantar tanto.

  • #1

    Tony (martes, 26 noviembre 2019 23:48)

    Espero que no estéis echando de menos el sexo, volverá pero tardará un poco aún.
    No dejéis de leer la sección "Taller de escritura". Esta semana está interesante y se echan en falta seguidores.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

 

 

 

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