Los últimos vigilantes

38ª parte

 

            Cuando llamó al telefonillo, él se mostró sorprendido al salir.

            —Creí que no volvería a verte —pronunció con la voz entrecortada.

            —¿Has estado llorando? —le preguntó, sorprendida.

            —No, estoy un poco acatarrado —mintió tan mal que se puso rojo como un tomate.

            La volvió a invitar a entrar y fueron al salón. Él se sentó en un sofá, junto a la perra de pelo amarillo. Ella en sillón que estaba al lado.

            —Han pasado cosas muy raras ahí fuera —confesó la chica—. En la gasolinera me conocían de vista, hace unos días estaba con una rubia hablando de una máquina del tiempo.

            —Sería Amy, bueno en realidad no es amiga tuya, es de la otra Ángela.

            —¿Cómo?¿Tengo una gemela?

            —Es lo que te expliqué antes de que te fueras corriendo. Pertenece a una línea temporal diferente. Hace dos días me... —Se lo pensó mejor y carraspeó—, lo que...

            —¡Cuéntamelo todo! —Gritó, furiosa.

            Antonio suspiró y dejó caer su espalda en el respaldo del sofá.

            —Es difícil de creer.

            Ángela soltó una risotada.

            —Todo lo que me has contado lo es. ¿Cuál es la diferencia?

            —Y una larga historia. Si quieres puedes leerlo, lo tengo escrito. Te lo puedo prestar y cuando tengas un rato... Esta en mi libro "Tierra de dragones". A la publiqué en internet.

            —No tengo ganas ni tiempo de leer tanto. Seguro que puede ayudarnos esa otra Ángela que está por ahí.

            —No creo que sigan en este hilo temporal. Habrán viajado, qué se yo. Tenían una máquina del tiempo. En cualquier caso, no puedo contactar con ellas.

            —Vaya, pues entonces no nos queda otra que ir a ver a esa bruja.

            Antonio asintió. Que ella no pudiera recordar su última conversación convertía el último día en un sueño, como si nunca hubiera existido.

            —Ojalá ...

            —¿Qué? —Preguntó Ángela, que también se había quedado pensativa.

            —Nada, pensaba en voz alta.

            —Me llevo mis diarios —impuso la chica, cortando el hilo de sus pensamientos y claramente incomoda por el largo silencio—. ¿Puedes bajarme el otro?

            —¿Qué? Está arriba. Pero no tengo copia física, es un documento de texto. En cuanto le saqué fotos lo devolví a su lugar, lo he escrito a un Word, publicado en mi blog y nunca lo imprimí. No quería que te dieras cuentas de que te lo cogí prestado. Además, son cosas muy íntimas y...

            —¿Me lo robaste?¿Cómo que lo cogiste sin mi permiso? ¿Y lo publicado? ¿No dices que no conoces mi casa?

            —Fue a la otra no a ti, se suponía que ella nunca volvería... Me refiero a la de la máquina del tiempo. Te repito que esa otra Ángela no ha conocido tu casa de este hilo temporal y dudo que os hayáis encontrado nunca.

            Ella frunció el ceño y exhibió un gesto de fastidio dándole a entender que no lo aprobaba.

            —Entonces, a ver si me he enterado. Aunque lea este diario del "Vórtice" y ese otro que tienes arriba, seguiré sin saber absolutamente nada de mi vida actual. Corrígeme si me equivoco.

            —No, lo has entendido perfectamente.

            —Entonces, dado que ninguno es del mundo en el que estamos, son fantasías y tú sigues siendo un completo desconocido porque no sabes nada de mí en este "hilo temporal" —hizo las comillas gesticulando exageradamente con los dedos.

            —Pues... No mucho, la verdad.

            —Espera —continuó ella—. Si existimos dos Ángelas y una es de aquí y otra de una dimensión paralela, y si yo no puedo recordar quién soy, ¿Cuál crees que soy exactamente?

            —Buena pregunta. Pero el teléfono que he marcado es el tuyo, el de este mundo. Imagino que si estabas en tu casa debes ser tú la de aquí.

            —Ya, pero no puedo asegurar que ese apartamento fuera el mío, ¿Cierto? Lo digo porque si existe esa otra que tiene tanto poder como dices, ¿no crees que puede devolverme los recuerdos? Incluso podría ser ella la que me ha borrado la memoria

            Antonio se emocionó pensando en esa posibilidad. Significaría que la mujer a la que se declaró aún estaría por ahí y, tarde o temprano, podía volver.

            —¿Cómo contactas con... Bueno conmigo? —Preguntó la chica.

            —Por teléfono, ya te lo he dicho.

            —¿Y ya está? ¿Si no me localizas no tienes otro modo?

            —Se te ha olvidado traer el móvil al venir, ¿no? —Preguntó él—. Significa que sigue en casa. Puede que si llamo otra vez, conteste.

            —Bien, inténtalo.

            Sacó su teléfono y marcó. Después de varios segundos se dio por vencido al saltar el buzón de voz.

            —Déjame escuchar —se apresuró a quitárselo de la mano.

            —"Hola, si estas escuchando esto es que no quiero cogerte el teléfono. Así que no vuelvas a llamarme."

            Antonio sonrió.

            —No soy muy simpática, ¿no? —suspiró, resignada.

            —Lo entiendo, yo me he sentido tentado de poner un mensaje similar. Casi todos los que llaman son de publicidad así que no les está mal escuchar eso.

            —Ya. Pero no lo haces porque recibes llamadas que no quieres que escuchen lo mismo.

            —En realidad espero las de clientes, no sería buena idea.

            —Seguro que no tengo muchos contactos, o quizás me importen muy poco.

            —No lo sé —respondió Antonio. Parecía desanimada.

            —Salvo mi posible "marido". Qué horror, no recuerdo ni su nombre ni su cara... Realmente es un total desconocido. ¿Cómo tendría que reaccionar cuando le vea llegar a casa?

            —Si te digo la verdad, sería una completa sorpresa incluso para mí —proclamó, casi como una queja.

            Otra vez esa expresión dolida.

            —¿Que hay entre tú y yo? —Protestó Ángela, enojada—. No haces más que insinuar que éramos pareja, pero si tú estás casado ¿debimos ser amantes o qué?¿hemos estado juntos?

            —Hubo un tiempo que nos acostábamos, aunque jamás hablabas de ti. Sé que tienes una activa vida nocturna, te encanta el sexo, pero bueno, a todo el mundo le gusta.

            —¿Te refieres a la real o la viajera del tiempo?

            —A ti, bueno la de aquí.

            —Es decir, hemos tenido un rollito o dos y tu mujer lo sabe. Y es por eso que está enfadada.

            —Eso es, ayer nos vio juntos.

            —Y fue cuando estuve en tu casa. Ya entiendo.

            —En fin, da igual.

            —¿Tú me quieres? —Preguntó intrigada.

            —Vamos entonces, espero que Fausta esté en casa —cambio de tema, visiblemente incómodo.

            —¿No puedes llamarla?

            —Sí claro, no es precisamente una mujer moderna —esbozó una sonrisa torcida.

            —No entiendo.

            Antonio cogió aire profundamente y luego lo expulsó de golpe.

            —Me has pillado, supongo que tendrá teléfono, lo desconozco. Quise decir que es una mujer chapada a la antigua. Pero quién sabe, podría tener, no sería tan rato.

            Debía se una bruja típica con la cara arrugada, verruga en la nariz, sombrero puntiagudo y capa negra hasta los pies, pensó.

            —Vayamos entonces. Si de verdad nos odia, casi mejor que no sepa que vamos —determinó Ángela con resignación.

 

 

            Subieron al coche y, antes de arrancar, Antonio le escribió a su mujer un mensaje de texto:

«¿Dónde estás? Estoy preocupado por ti y los niños. Voy a ver a Fausta, Ángela se ha debido golpear la cabeza y no recuerda ni su nombre, ya no tiene sus poderes, vamos a ver si averiguamos quién le ha hecho eso.»

            —¿Tú mujer está al corriente de lo nuestro?

            —Fue hace un tiempo, sí, casi nos divorciamos, pero luego entendió las circunstancias y me perdonó. Fue... Difícil convencerla.

            Arrancó el coche y se pusieron de camino.

            Ella le dio un descanso con las preguntas incómodas ya que también les afectaban y no quería detalles de aquel contacto físico.

            Ambos se mantuvieron en silencio hasta que Antonio puso la radio. Escucharon "cadena cien", y una chica de voz joven llamada Miriam presentaba una canción de Manuel Carrasco que decía que era súper bonita.

 

«Tiene un cañón de alegría disparando en los ojos

Y todo aquel que la mira se llena de amor.

Es el ángel de la guarda para los demonios.

Le juro que no le exagero, todo es corazón.

Tiene sentido la vida si la tienes cerca.

Es el paraguas, no te baila el agua sin más.

Tiene la risa que alivia todos los problemas.

Es esa palabra que escucha cada suspirar.

Es una vela encendida porque si hay un día en la oscuridad

vierte un ratito en la herida, por eso es mi amiga para bien y mal.

Qué bonito es saber qué siempre estás ahí.

Quiero que sepas que voy a cuidar de ti.

Afortunado yo por tener tu amistad...».

 

           Que bonita canción —Interrumpió Ángela antes de que terminara.

            —¿Ah, si? A mí no me gusta demasiado. Da a entender cuánto la quiere y luego suelta que eso. No creo que a la chica le haga mucha gracia si tal y como describe, está enamorada de él hasta las trancas y él solo ve a una amiga.

            Antonio se mordió el labio inferior al darse cuenta que quizás volvió a delatar sus sentimientos sin querer.

            —Tienes razón —acepto ella sin darle más importancia—, visto así suena muy triste.

 

            Durante unos minutos guardaron silencio escuchando la música de la radio.

            Ángela trató de fijarse cómo conducía, pero no entendía todos esos movimientos. Pisaba unos pedales sin ritmo alguno. Cuando el coche aceleraba, cada poco tiempo, movía una palanca que había entre los dos. Su mente perversa lanzó una imagen muy real metiéndose el falo de las marchas en la vagina mientras ella misma subía y bajaba. Fue algo más que imaginación, se excitó al pensarlo. Hasta recordó el roce áspero, doloroso y excitante de esa bola con números dibujados. ¿Era un recuerdo? De cualquier manera, resultaba evidente cuánto le gustaba el sexo. ¿Como a todo el mundo? No había forma de saberlo. Tendría que hacer una encuesta de cuántas mujeres se habían follado la palanca de cambios de un coche.

            Se preguntó para qué era la otra barra, la que estaba junto a su muslo que tenía un botón en el extremo. No se atrevió a preguntar porque le asustaba no saber absolutamente nada sobre coches, excepto su nombre y las guarradas que se podían hacer en ellos.

            —¿Y yo sabía conducir?

            —No lo sé —se limitó a responder Antonio —, lo siento, no sé tanto de ti como pensaba. Creo que tienes una moto negra, pero nunca te vi pilotarla.

            —¿Y crees que me acordaré de manejarla?

            —Yo diría que lo intentes. Cuando sabes hacer algo por acto reflejo, cuesta mucho menos aprenderlo.

            Puso el intermitente y salieron en la salida siguiente hacia "El Molar".

            —Hemos llegado —informó Antonio.

            Ella se limitó a observar el pueblo en el que entraban. Era muy pequeño y tenía las casas muy dispersas por el campo.

            —Tengo hambre —musitó él—. ¿Quieres comer en ese restaurante?

            —Yo ya he comido —Respondió—. Pasé por la gasolinera y pillé un sándwich.

            —Pero eso no es comer, vamos, me muero de hambre, te invito.

            —En serio, quiero acabar con esto cuanto antes —refunfuñó.

            —Bueno, ¿te importaría acompañarme, aunque no comas?

            Ángela suspiró resignada.

            —A ti no te vendría mal saltarte una comida —valoró con desprecio.

            Antonio se puso colorado. No le gustaba que nadie insinuara que estaba gordo.

            —Está bien, veremos a Fausta y te llevaré a casa. No te molestaré más.

            Entraron por un camino de tierra con un cartel pequeño que decía: "Urbanización". El hombre se quedó serio y enojado, seguramente estaría pensando cosas horribles sobre ella.

            Ángela se preguntaba quién la esperaría a su regreso aquella noche. Seria un hombre musculoso, sin duda. Nunca se casaría con alguien como Antonio. Le daba grima que se hubiera enamorado de ella pero, si era cierto que se acostaron juntos, debía estar muy necesitada. En una discoteca no se acercaría a un tío como él ni con la peor borrachera del siglo. De cara no estaba mal, sobre todo sus ojos azules grisáceos, pero su barriga cervecera le hacía perder muchos puntos. Aunque no le gustaba haberle dejado claro lo que pensaba. Le había ofendido y su expresión amable, incluso empalagosa, se transformó en otra propia de un amargado de la vida. Prefería en Antonio de antes.

            Aparcó en un camino de tierra, junto a una valla de piedra, Justo después de una doble puerta de hierro.

            —Parece que le ha ido bien —indicó Antonio—. La última vez que estuve aquí la casa estaba en medio del campo, sin terminar.

            —¿Podrás pagarla aunque haya subido la tarifa?

            —Depende de cuánto.

            Entonces sonó el teléfono de Antonio con una campanilla. Era un mensaje de Brigitte.

            «No estoy para bromas».

            El viento heló su rostro mientras el corazón del hombre se detenía, resistiéndose a seguir latiendo.

            —¿Has visto un fantasma? —Se preocupó la chica.

            —Tiene que ser su forma de vengarse —Susurró.

            Se puso a escribir frenéticamente:

            —¡Espera! —Le interrumpió Ángela.

            —¿Qué?

 

            —¿Quién podría bromear con algo así? —Protestó.

            —¡Ella! Cuando se enfada reacciona muy mal, tira a dar y hace daño donde más duele.

            —Pues no le des el gusto de creer que la has creído. Esto es como tirarse un pedo en el ascensor y solo tienes a otro delante. Si no ha sido tu...

            —No estoy de humor para chistes. ¿Y si no los tiene?

            Ángela se encogió de hombros y miró la casa que tenían al otro lado de la verja.

            —Por suerte la bruja te puede contestar a eso.

            —El caso es que sus respuestas no son demasiado... claras. Ayudan y mucho, pero de primeras te quedas igual.

            —Y aun así vuelves.

            Ángela resoplaba moviendo su largo flequillo con su aliento.

            —Siempre me he preguntado por qué los adivinos no son millonarios —se preguntó Antonio—. Pero ella tiene un don, no creo que pueda adivinar el resultado de un sorteo o un partido de fútbol. Igual que un médico puede ser fantástico pero no curar el cáncer o... La muerte.

            —No me parecen comparables —Replicó ella.

            —Lo son, porque ninguno es capaz de hacer su trabajo sin indicios, ni pistas. Fausta no adivina, solo consigue contactar con "entidades" que pueden responder sus preguntas. Y ni siquiera ella es capaz de comprender la respuesta, pero el interesado sí consigue que le valgan.

            —Ya. Voy a llamar. No quiero perder tanto tiempo con esto. Ah, si no te importa, necesito estar sola cuando haga mis preguntas. Todavía no sé si fiarme de ti.

            —Pero si yo voy a pagar...

            —Mira, me siento muy vulnerable e insegura —le atajó—. Podrías decirme que soy la protagonista de una de tus novelas y no tengo modo de saber si mientes. No sé si estás confabulado con esa mujer y me estáis manipulando, las cosas que me has contado son demasiado extrañas. Tú en mi lugar tampoco te fiarías de nadie.

            —Está bien.

 

 

 

 

 

Comentarios: 5
  • #5

    Chemo (viernes, 22 noviembre 2019 00:28)

    ¡¡Continuación!!

  • #4

    Alfonso (jueves, 21 noviembre 2019 02:07)

    Al fin una parte más de esta historia. Justo antes de mis vacaciones. Va un poco lentita pero bien.

    Ahora entiendo por qué ciertas féminas son aficionadas a los coches (o más bien a ciertas partes de los coches).

  • #3

    Vanessa (miércoles, 20 noviembre 2019 14:22)

    Yo tampoco me fío de Fausta. Esa bruja me da repelús.
    Por cierto, Ángela es una ninfómana bien loca. Ni yo me he follado una palanca de cambios.

  • #2

    Jaime (miércoles, 20 noviembre 2019 02:43)

    Me he reído sobremanera con la escena de la palanca de cambios. Lo que una ninfómana puede hacer cuando ve un objeto fálico. Y eso que no vio el escape del coche. Jejeje Así que nunca dejéis a una chica a solas junto a un coche.
    Ya quiero leer la siguiente parte. No me fío de Fausta, ya que puede estar del lado de la Organización.

  • #1

    Tony (martes, 19 noviembre 2019 23:36)

    Disculpad el retraso, a veces simplemente no llego a tiempo, sin excusas, simplemente no he podido hacerlo antes.
    No olvidéis comentar.

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

 

 

 

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